Salí de Toy Story 5 pensando menos en los juguetes y más en mis hijas.
Porque detrás de Woody, Buzz, Jessie y la nueva Lilypad hay una conversación que muchas familias ya tenemos dentro de casa. Una conversación sobre tabletas, teléfonos, televisores, redes sociales, vídeos, algoritmos y, ahora también, inteligencia artificial.
Pixar presenta a Lilypad como una tableta inteligente que llega a la vida de Bonnie y pone en cuestión el lugar que hasta entonces ocupaban sus juguetes. Al principio es fácil interpretar el conflicto como una batalla conocida: lo tradicional contra lo tecnológico.
Y creo que nosotros, los adultos, caemos muchas veces en esa misma trampa.
Cuando aparece una nueva tecnología, nuestra primera reacción suele ser preguntarnos si es buena o mala. Si tenemos que aceptarla o combatirla. Si ayudará a nuestros hijos o terminará perjudicándolos.
Pero quizá estamos formulando mal la pregunta.
Como padre, cada vez tengo más claro que el verdadero problema no es que nuestros hijos tengan una pantalla delante. El problema empieza cuando nosotros dejamos de estar a su lado.
Cuando la pantalla comienza a ocupar nuestro lugar
Tenemos que reconocer algo que no siempre resulta cómodo.
En muchas familias hemos utilizado alguna vez una tableta, un teléfono o el televisor para conseguir unos minutos de tranquilidad. Mientras hacemos la comida, trabajamos, atendemos una llamada, terminamos algo pendiente o simplemente descansamos.
Y puedo entenderlo porque también soy padre.
El problema no son esos momentos aislados. El riesgo aparece cuando esa solución excepcional termina convirtiéndose en una rutina y, sin darnos cuenta, comenzamos a delegar una parte de la crianza.
Porque mientras nosotros no estamos, alguien sigue hablando con nuestros hijos.
Les habla el vídeo que están viendo. El creador de contenido que siguen. La serie que reproduce automáticamente el siguiente episodio. El videojuego. El algoritmo que decide qué contenido aparece después.
Nuestros hijos no dejan de recibir mensajes porque nosotros no estemos delante.
Siguen aprendiendo.
Aprenden palabras, comportamientos, formas de relacionarse, maneras de reaccionar y modelos de lo que supuestamente significa tener éxito, ser atractivo, ser divertido o ser aceptado.
Eso no significa que todo lo que encuentren en una pantalla sea perjudicial. Sería absurdo afirmarlo. Significa algo mucho más sencillo: si nosotros no participamos activamente en su educación digital, otras personas y sistemas tendrán más espacio para hacerlo.
Toy Story 5 acierta con la metáfora
Ahí es donde Toy Story 5 me parece especialmente interesante.
Lilypad llega como una amenaza para los juguetes porque representa algo nuevo que parece capaz de ocupar su lugar. La propia película parte de esa tensión entre el juego tradicional y la tecnología.
Pero reducir la discusión a juguetes buenos y pantallas malas sería demasiado fácil.
Cada gran cambio tecnológico ha provocado temores, desplazamientos y adaptación.
La expansión de Internet transformó nuestra manera de comunicarnos, trabajar, informarnos y comprar. El correo electrónico desplazó buena parte de las cartas. Los ordenadores sustituyeron muchas tareas que antes hacíamos con máquinas de escribir, archivos físicos y procesos manuales. Algunos trabajos desaparecieron, otros cambiaron y aparecieron profesiones que antes ni siquiera existían.
La respuesta nunca consistió simplemente en detener la tecnología.
Consistió en aprender a vivir con ella.
Con la inteligencia artificial tendremos que hacer algo parecido.
Nuestros hijos van a crecer en un mundo donde probablemente utilizarán sistemas de IA para estudiar, trabajar, crear y comunicarse. Intentar construir un muro que los mantenga completamente alejados de esa realidad puede ser tan poco útil como entregarles todas esas herramientas sin orientación.
Nuestra responsabilidad está en otro lugar: enseñarles a utilizarlas sin permitir que sean ellas quienes los eduquen.
La tecnología también puede transmitir nuestros valores
Aquí es donde creo que debemos cambiar nuestra mentalidad.
En lugar de preguntarnos solamente cómo reducir el tiempo de pantalla, podemos preguntarnos también qué hacemos durante ese tiempo.
La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda precisamente compartir determinadas experiencias digitales con nuestros hijos. Ver juntos lo que consumen permite conocer sus intereses, conversar sobre los contenidos y convertir una experiencia que podría ser solitaria en un momento compartido.
Y la inteligencia artificial abre posibilidades adicionales.
No necesitamos entregar una herramienta de IA directamente a un niño pequeño para aprovecharla. Podemos ser nosotros quienes la utilicemos para preparar actividades pensadas para nuestros hijos.
Imaginemos, por ejemplo, que queremos trabajar el valor de decir la verdad.
Podemos utilizar una herramienta de inteligencia artificial para ayudarnos a crear un pequeño cuento sobre un personaje que miente, descubre las consecuencias y finalmente aprende por qué resulta importante ser sincero. Después podemos leer esa historia juntos y hablar sobre ella.
Si nuestro hijo disfruta coloreando, podemos preparar dibujos relacionados con esa historia para que los pinte mientras conversamos sobre el mensaje.
Podemos crear una pequeña historieta sobre compartir con los hermanos.
Un juego de preguntas sobre respeto.
Tarjetas para reconocer emociones.
Una aventura protagonizada por un personaje que aprende a pedir perdón.
Ejercicios personalizados para reforzar algo que le cuesta en el colegio.
Un cuento en el que el protagonista tenga que decidir qué hacer cuando un desconocido le escribe por Internet.
Incluso podemos preparar, con las herramientas adecuadas y siempre revisando nosotros el resultado, pequeñas animaciones o vídeos educativos adaptados a aquello que queremos trabajar en casa.
La diferencia es enorme.
En un caso dejamos al niño delante de una pantalla y esperamos que el algoritmo decida qué verá después.
En el otro, somos nosotros quienes utilizamos la tecnología para participar en su educación.
Diez maneras de convertir la tecnología en una aliada
No hace falta ser experto en inteligencia artificial para empezar. Hay actividades sencillas que cualquier familia puede adaptar a la edad y madurez de sus hijos:
1. Crear cuentos personalizados. Podemos construir historias sobre honestidad, amistad, respeto, esfuerzo, generosidad o cualquier valor que queramos trabajar.
2. Preparar dibujos para colorear. Una imagen puede convertirse en el comienzo de una conversación: cuidar el planeta, respetar a los demás, reconocer emociones o aprender normas de seguridad.
3. Inventar historietas educativas. En lugar de consumir siempre historias creadas por otros, podemos construir una junto a nuestros hijos y decidir qué problema tendrá el personaje y cómo debería resolverlo.
4. Crear juegos de preguntas. Matemáticas, vocabulario, geografía, animales o cualquier tema que despierte su curiosidad pueden transformarse en un concurso familiar.
5. Explicar algo de diferentes maneras. Si una explicación escolar resulta difícil, podemos utilizar la IA para obtener ejemplos más sencillos y después revisarlos antes de trabajarlos juntos.
6. Practicar situaciones reales. ¿Qué hacer si alguien te insulta? ¿Cómo reaccionar si encuentras algo que no es tuyo? ¿Qué hacer si un desconocido te escribe por Internet? Podemos crear escenarios y conversar sobre las decisiones posibles.
7. Crear en lugar de solamente consumir. Podemos utilizar una pantalla para escribir un cuento, dibujar, investigar un animal, preparar una presentación o imaginar un proyecto familiar.
8. Investigar juntos. Cuando nuestro hijo haga una pregunta que no sabemos responder, podemos buscar la respuesta con él y aprovechar para enseñarle algo fundamental: no todo lo que aparece en Internet o responde una inteligencia artificial tiene que ser verdad.
9. Conocer su mundo digital. Sentarnos alguna vez a ver el canal que siguen, jugar al videojuego que les gusta o preguntarles por qué disfrutan determinada serie nos permite comprender un espacio importante de su vida.
10. Enseñar también cuándo apagarla. Utilizar bien la tecnología incluye aprender a dejarla. Ninguna aplicación debería sustituir el sueño, el ejercicio, una conversación familiar, jugar con otros niños, salir al parque, leer un libro o simplemente aburrirse.
Tampoco debemos idealizar la inteligencia artificial
Sería contradictorio criticar la demonización de la tecnología para terminar cayendo en el extremo contrario.
La inteligencia artificial no es un padre.
No es una madre.
No es un maestro.
Y tampoco deberíamos tratarla como una fuente infalible.
Puede equivocarse, inventar información, reproducir sesgos y producir contenidos que no sean apropiados para nuestros hijos. Además, algunas herramientas plantean cuestiones importantes sobre privacidad y tratamiento de datos de menores.
UNICEF ha advertido tanto de las oportunidades como de estos riesgos. Entre las posibilidades señala sistemas capaces de adaptar explicaciones al ritmo de aprendizaje y herramientas que pueden favorecer la creatividad mediante historias, imágenes o música. Pero también reclama seguridad, protección de datos, transparencia y alfabetización en inteligencia artificial.
Hay otro dato que debería llamarnos la atención como padres: una investigación de UNICEF publicada en 2026 encontró que, en los países estudiados, los niños eran más de tres veces más propensos a utilizar sistemas de IA que sus padres o cuidadores.
Eso nos plantea un desafío enorme.
¿Cómo vamos a orientar a nuestros hijos en un mundo que nosotros mismos renunciamos a conocer?
Nuestros hijos necesitan padres, no sustitutos digitales
Creo que ahí está la verdadera enseñanza que podemos extraer de Toy Story 5.
No necesitamos ganar una guerra contra la tecnología.
Necesitamos recuperar nuestro lugar dentro de ella.
Nuestros hijos pueden tener tabletas. Pueden utilizar ordenadores. Pueden aprender algún día a trabajar con inteligencia artificial. Pueden disfrutar de una película, un videojuego o una serie.
Pero ninguno de esos dispositivos debería recibir por abandono una responsabilidad que nos corresponde a nosotros.
No quiero que un algoritmo decida por completo qué aprende mi hijo sobre el respeto, la amistad, el esfuerzo, el fracaso, la honestidad o la forma de tratar a otras personas.
Quiero estar ahí.
Y estar ahí no significa vigilar cada segundo ni convertir la crianza en una persecución constante. Significa acompañar, conversar, establecer límites, interesarnos por lo que consumen y enseñarles progresivamente a tomar buenas decisiones cuando nosotros no estemos delante.
Porque llegará ese momento.
Nuestros hijos crecerán y nosotros no podremos controlar cada pantalla que tengan delante.
Por eso el objetivo no debería ser criar niños que sepan vivir solamente cuando una aplicación está bloqueada.
Deberíamos intentar criar personas capaces de utilizar la tecnología con criterio cuando nadie las esté vigilando.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. Después llegará otra tecnología que hoy ni siquiera conocemos. Podemos reaccionar ante cada novedad como si fuera el nuevo enemigo de nuestros hijos o podemos enseñarles algo mucho más duradero: que una herramienta no decide por nosotros qué clase de personas queremos ser.
La tecnología puede ayudarnos a enseñar.
Puede ayudarnos a crear.
Puede incluso abrir nuevas formas de aprender juntos.
Pero hay una tarea que no deberíamos delegarle.
Criar a nuestros hijos sigue siendo nuestra responsabilidad.